En memoria de Armando Grandi, fundador y presidente de la Fundación Renato y Armando Grandi

Hay hombres que atraviesan el tiempo dejando huellas ligeras y hombres que, en cambio, lo esculpen con la fuerza silenciosa del amor, del bien que han sembrado. Armando pertenece a este segundo grupo, muy poco común.

Fundador y presidente de nuestra Fundación, basó su obra en el mayor dolor que un padre puede sufrir: la pérdida de su hijo Renato.
De esa herida incurable no nació el rencor, ni el aislamiento, sino una de las formas más elevadas de amor que un ser humano puede expresar: el don de sí mismo a los demás.
Así nació la Fundación Renato Grandi, hoy Fundación Renato y Armando Grandi, pero no como una simple obra benéfica, sino como un proyecto de humanidad, como una promesa cumplida al mundo: transformar una tragedia en esperanza, solidaridad y amor, haciendo de la ayuda a los más débiles el sentido profundo de su existencia. Y con generosidad, visión y extraordinaria coherencia moral, decidió dedicar su vida a los niños, los más frágiles y a la vez los más poderosos, porque en sus ojos veía no solo la necesidad, sino sobre todo el futuro, el futuro del mundo.

Tres pilares sustentaban su visión: agua, educación y salud. Tres palabras sencillas que encierran la esencia de la dignidad humana.

El agua, sin la cual no hay vida, no hay salud y es la condición primaria para todo desarrollo humano, social y económico.

La educación, instrumento de libertad y dignidad, para que ningún niño esté condenado a la ignorancia, sino que esté en condiciones de pensar, elegir, amar a su país y a sí mismo, libre e independiente en espíritu, protagonista consciente de su propio destino.

La salud, que, al igual que el agua y la educación, debería ser un derecho universal y que, en cambio, aún hoy, en demasiados países, sigue siendo un cruel espejismo que rompe sueños, limita destinos, roba infancias y compromete el crecimiento, la esperanza y el futuro.

Estas injusticias eran para Armando motivo de profunda inquietud, una herida abierta, una vergüenza que no podía aceptar, pero también de acción incansable. Nunca se limitó a observar, actuó, con fuerza y visión construyó, promovió y apoyó proyectos concretos, con una generosidad que nunca buscó reconocimiento, pero que cambió la vida de decenas de miles de niños en muchos países del mundo.

Hoy, gracias a él, decenas de miles de niños pueden beber agua limpia, pueden recibir atención médica, pueden estudiar, trabajar y construir su propio futuro. Sobre todo, pueden recuperar lo que debería pertenecer a todo ser humano: la dignidad. Esa dignidad que es la puerta de entrada al respeto y al amor. Y solo Dios sabe cuánto, hoy más que nunca, el mundo necesita respeto y amor.

Armando habría cumplido este año 99 años. Hay personas que parecen nacer solo una vez cada cien años: verdaderos gigantes del altruismo, ejemplos vivos de lo que significa ser hombres hasta el final. Su vida representa plenamente este siglo de dedicación y luz. Es el emblema de estos cien años, de una vida dedicada no solo a sí mismo, sino también a los demás.

Todos los que hemos tenido el privilegio de compartir con él un tramo del camino no podemos sino sentirnos orgullosos y ser testigos de ello. Testigos de una grandeza silenciosa, discreta, nunca ostentosa, que nunca alza la voz pero que es profundamente incisiva, que cambia el destino de pueblos enteros. Testigos de un hombre que ha transformado el dolor en luz y, con sus obras, la memoria en futuro.

Armando no es solo un nombre grabado en la historia de una Fundación. Es el latido que continúa en cada niño que recupera la salud, la educación, la esperanza, que sonríe; en cada gota de agua que salva una vida; en cada mano que se tiende hacia otra mano.

Y mientras haya alguien dispuesto a amar como él amó, Armando nunca habrá abandonado realmente este mundo, sino que seguirá viviendo en cada gesto de solidaridad siguiendo el camino que él trazó, un ejemplo que inspirará a nuevos corazones a elegir el bien.

Fabio Rezzonico, Vicepresidente